La Muy Antigua, Real, Venerable e Ilustre Archicofradía Franciscana y Primitiva Hermandad Sacramental de Nazarenos de las Cinco Llagas y Sangre de Cristo, Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo, Soledad de María Santísima y San Francisco de Asís, popularmente conocida como la Hermandad del Santo Entierro, constituye el pilar histórico sobre el que se asienta la Semana Santa de Sanlúcar de Barrameda. Su devenir no es solo la crónica de una institución religiosa, sino el reflejo de cinco siglos de fe, arte y sociedad sanluqueña, siendo custodia de las tradiciones más arcaicas y profundas de la ciudad.
Los orígenes de esta corporación se remontan asombrosamente al año 1515, una fecha que la sitúa como la decana indiscutible de las cofradías de penitencia de la localidad y una de las más antiguas de toda Andalucía. Fundada bajo el amparo de la Orden Franciscana en el ya desaparecido Convento de San Francisco «el Viejo», la hermandad nació con la misión primordial de rendir culto a la Sangre de Cristo a través de la advocación de las Cinco Llagas. En aquel siglo XVI, la cofradía no solo cumplía una función procesional, sino que desempeñaba una labor asistencial y litúrgica de vital importancia en una Sanlúcar que era puerta de América y epicentro del comercio mundial. Recientes investigaciones documentales han ratificado esta antigüedad, devolviendo a la hermandad el lugar de honor que por justicia histórica le corresponde.
La vinculación con los franciscanos ha marcado a fuego la identidad de la hermandad durante más de medio milenio. La espiritualidad de San Francisco, centrada en la humildad, la pobreza y la contemplación de la pasión de Cristo, impregna cada rito y cada enser de la cofradía. Durante siglos, la hermandad fue testigo del esplendor barroco de Sanlúcar, participando en las ceremonias más solemnes de la ciudad. Sin embargo, como toda institución con tan larga trayectoria, el Santo Entierro ha atravesado periodos de gran penumbra. El siglo XIX, con las desamortizaciones y los cambios políticos, puso en jaque su supervivencia, llegando a momentos de casi total desaparición. Pero la fe de los sanluqueños y el celo de las familias vinculadas a la corporación permitieron que la llama nunca se apagara del todo.
El siglo XX trajo consigo nuevos retos y transformaciones. Un momento crítico se vivió en 1942, cuando la Iglesia de San Francisco fue cerrada al culto debido a su estado ruinoso. La hermandad se vio obligada a un exilio temporal en la Parroquia de Santo Domingo, un periodo duro en el que incluso se llegó a procesionar con imágenes prestadas o de nueva factura debido a las dificultades para trasladar sus venerados titulares originales. No fue hasta 1946 cuando se produjo un renacimiento definitivo, recuperando gran parte de su esplendor y regresando finalmente a su hogar espiritual en la recuperada Iglesia de San Francisco, en el corazón del Barrio Bajo.
En lo que respecta a sus titulares, la hermandad custodia dos de las joyas más importantes del patrimonio artístico de Sanlúcar. La imagen del Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo es una obra anónima de finales del siglo XV o principios del XVI, de una calidad técnica y una unción religiosa excepcionales. Atribuida por diversos expertos a Gaspar Núñez Delgado, la talla representa a Cristo yacente con una anatomía de gran verismo. Una de sus características más singulares es que posee los hombros articulados, lo que en siglos pasados permitía realizar la ceremonia del Descendimiento y el Entierro de Jesús, un rito que congregaba a toda la ciudad en una escenografía de gran impacto emocional. Hoy, descansa en una urna de cristal y madera, procesionando con una solemnidad que impone el silencio a su paso.
Nuestra Señora de la Soledad, por su parte, es una dolorosa de una belleza mística y una elegancia insuperable. Obra anónima del siglo XVI o XVII, se ha relacionado por sus rasgos estilísticos con la gubia de Diego Roldán. La Soledad representa el dolor contenido y la esperanza silente de la Madre tras el entierro del Hijo. Restaurada magistralmente en 1992 por Emilio Olmedo, la imagen conserva su fisionomía original, destacando por su tez pálida y su mirada baja, cargada de una unción que traspasa el alma de quien la contempla. Su paso de palio, de líneas clásicas y orfebrería cuidada, es uno de los mejores conjuntos de la Semana Santa sanluqueña, destacando por la sobriedad y la armonía de todos sus componentes.
La estación de penitencia del Viernes Santo por la tarde es el momento álgido de la vida de la hermandad. El cortejo del Santo Entierro es la procesión oficial de la ciudad, en la que participan representaciones de todas las hermandades, autoridades civiles y militares, y gran parte del clero local. El rigor y el orden son las notas dominantes: los nazarenos del paso de Cristo visten íntegramente de negro, mientras que los de la Virgen combinan la túnica blanca con el resto de elementos en negro, creando un contraste visual de gran fuerza simbólica. El silencio solo se rompe por los sones fúnebres de la capilla musical que precede al Señor y las marchas clásicas que, interpretadas con maestría por bandas como la de Julián Cerdán, acompañan el andar reposado de la Virgen de la Soledad.
Además de su labor procesional, la hermandad mantiene una intensa vida interna durante todo el año. Su carácter franciscano se traduce en una constante labor de caridad, ayudando a conventos de clausura y familias humildes del barrio. Los cultos internos, especialmente los Solemnes Triduos y el Besapiés al Señor Yacente, son momentos de gran recogimiento. La hermandad es también depositaria de un Cristo Resucitado del siglo XVI, uno de los más antiguos de Andalucía, que aunque no procesiona, es objeto de estudio y devoción como parte del legado histórico de la primitiva hermandad de las Cinco Llagas.
Mirando al futuro, el Santo Entierro se enfrenta al desafío de conjugar su inmenso peso histórico con la realidad de una sociedad moderna. La conservación de sus monumentales titulares, el mantenimiento de la Iglesia de San Francisco y la formación de los nuevos hermanos son prioridades absolutas. Ser la hermandad más antigua no es solo un honor, sino una responsabilidad que obliga a mantener un nivel de excelencia en todo lo que se hace. El Santo Entierro es, en definitiva, el eslabón que une el pasado glorioso de Sanlúcar con su presente devocional, una institución que sigue enseñando a las nuevas generaciones el valor de la tradición y la profundidad del misterio redentor.
Cada Viernes Santo, cuando la urna del Señor Yacente cruza el dintel de San Francisco bajo la luz del atardecer, Sanlúcar entera se detiene. Es el momento de la historia, del arte y de la fe en estado puro. La Hermandad del Santo Entierro, con sus cinco siglos a cuestas, sigue siendo el faro de la Semana Santa sanluqueña, recordándonos que incluso en la profundidad del sepulcro, late la esperanza de la resurrección. Su legado es un tesoro compartido por todos los sanluqueños, una herencia de siglos que se cuida con amor y rigor para que siga brillando otros quinientos años más.